Muerte en vivo en Las Vizcachas

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Hoy 26 de Septiembre se cumplen tres decenios de la carrera que marcó el destino de una época completa del automovilismo nacional. La familia de Sergio Santander y Gonzalo Alcalde, el otro piloto involucrado en el episodio fatal, entregan detalles inéditos sobre el accidente que conmocionó en directo a todo un país y que dio la vuelta al mundo.

“Primero, Ridolfi; segundo, Torres. El tercer lugar para… ¡para, para, para! ¡Caramba! ¡Tremeeendo! Tremendo el choque entre Santander y Alcalde. Fue realmente dramático lo que hemos visto, señoras y señores. Allí se fueron frente a una de nuestras cámaras”. Con estas palabras un estremecido Pedro Carcuro relata en vivo a todo el país lo que sucede la tarde del sábado 26 de septiembre de 1987, en el autódromo de Las Vizcachas.

La tragedia dio la vuelta al mundo y marcó el destino de dos pilotos y la historia de la Fórmula Tres, el campeonato que, por excelencia, se convirtió en uno de los grandes panoramas deportivos de la década del 80. Circuitos en bases militares y autódromos de todo el país fueron el escenario de una época dorada para el automovilismo nacional. Sin embargo, el choque a 192 kilómetros por hora, cuando faltaban un poco más de tres vueltas para el final de la octava fecha, lo cambiaría todo.

Los dos bólidos se estrellaron contra un muro de contención, que fue construido luego del accidente del 27 de julio de 1975. En esa oportunidad fallecieron siete personas, entre ellas el periodista Luis Alberto Gasc. Esta vez sólo perdió la vida Sergio Santander, uno de los grandes corredores chilenos.
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-¡Gonzaaaalo! ¿Cómo estái?
-Bieeen, ¿y tú?
-Oye, voy a hacer un curso de Fórmula 4 en Las Vizcachas. ¿Te querís meter?
-¡Ya, poh!

“Lo que es la vida. Era diciembre del 81, yo ya estaba recuperado de mi accidente en moto. Entonces, me encuentro con Sergio y me ofrece participar. Hice el curso en Las Vizcachas, que lo dictaron Sergio y Flavio Angelini, de la Universidad de Chile. Cuando termina, me llama Flavio y me dice ‘Gonzalo, quiero que empieces a correr en la Fórmula 4 en un auto de la universidad, pero necesito que nos compres el 50% del auto’. Hablé con mi papá, que me pasó la plata a regañadientes. Y así empecé a correr. Diría que por Sergio Santander”, recuerda Gonzalo Alcalde (57), quien en ese momento estaba en tercer año de ingeniería de ejecución en mecánica en la Usach. Hoy, radicado en La Serena, recibe a El Deportivo.

Fuera de las pistas, ambos pilotos vivían jornadas enteras hablando de motores y tuercas. Tardes en las que imaginaban estar corriendo en los grandes circuitos de la Fórmula Uno y emulando a los grandes de la época. “Gonzalo era un cabro súper bueno. Pasaban juntos en el taller, iban a entrenar juntos a Vizcachas porque quería que Sergio le enseñara. Siempre tuvimos una súper estrecha relación con él”, cuenta Verónica Saba, la viuda del corredor, cuya historia de amor comenzó cuando ella tenía 15 años. Se casó a los 19 y perdió a su marido a los 24. Entremedio, nació Lola, la única hija del matrimonio.

Tres decenios después de la tragedia, decide hablar por primera vez de lo sucedido.

“Yo ya me conocía las carreras de memoria. Yo sabía que en cualquier momento Sergio no iba a salir de alguna. Pero también, como cabra joven y a pesar de tener una hija y un negocio de ropa en Arica, donde nos radicamos, nunca se me ocurrió ponerle la pistola en la cabeza y decirle ‘oye, ya, cabréate. Olvídate de las carreras, porque lo único que has hecho es perder plata’”, sostiene.
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Sergio era hijo de Sergio Santander Fantini, alcalde de Pirque en esos años, ex presidente de la Federación de Automovilismo y luego timonel del Comité Olímpico de Chile. Al momento del choque en el circuito puentealtino, había un grado de distanciamiento con su padre. La viuda del piloto cuenta el origen del conflicto. “Hubo un cupo de la Fórmula Uno para Chile, que tenía que asignarlo la federación. Y el presidente era mi suegro. Todos pensaron que estaba arreglado, pero no. Se lo dieron a Eliseo (Salazar). Sergio le insistió: ‘Pero si Eliseo nunca ha ganado una carrera acá en Chile. ¡Cómo me vas a hacer esto! No te digo que me mandes a mí; lo que yo quiero es que hagamos una prueba en Vizcachas, en el mismo auto, el mismo circuito, con testigos y gente de la federación… Y el que haga el mejor tiempo, va’. No hubo caso. Al final lo dejó abajo y le dijo ‘hagas lo que hagas, siempre van a decir que yo te beneficié a ti”.

Por eso, le sorprende tanto que, años después, Santander fuera expulsado del Comité Olímpico Internacional, acusado de corrupción: “Fue algo karmático que lo acusaran de recibir plata. Mi suegro no pudo trabajar nunca más y mi suegra terminó manteniendo la casa. O Sergio papá se fue con los billetes para la tumba y nunca supimos. No tenía ni auto”.

Berta Benavente, a sus casi 90 años, se mantiene muy activa. Participa en todos los homenajes a la memoria de su hijo, como el que se realizó este fin de semana en Arica, en el Autódromo Sergio Santander. Ella matiza las divisiones entre padre e hijo. “Existían, pero eran tonteras de papá y niño. No era nada grave ni nada delicado. Lo de Eliseo ya había pasado de moda para nosotros”, aclara.

La madre del piloto cuenta que su marido estaba preocupado ese día por la disposición del circuito: “En ese minuto, el papá andaba en el Estadio Nacional, en otro evento, y estaba muy molesto, porque él quería que la carrera hubiera sido al revés. No desde Los Andes hacia el mar, sino que en el sentido contrario, ya que era menos peligroso”.

La esposa del piloto accidentado tampoco lo acompañó. Tuvo que seguir la prueba desde Arica. “Primera vez que no iba. Esa carrera fue sumamente rara. Se iba a hacer en Antofagasta y no dieron permiso. Después, en La Serena, y tampoco dieron permiso. A última hora, la hicieron en Las Vizcachas, pero al revés de las manillas del reloj. Yo ya estaba chata, ya había cambiado el pasaje. ‘Sergio, esta vez no voy a ir, porque está muy encima; tengo el negocio y no me he organizado como para acompañarte’, le dije. Entonces, me llevé la tele para el negocio, vi allá el accidente. Luego, salí cascando, directo al aeropuerto. Sabía que era súper grave, pero no alcancé a escuchar los comentarios de Carcuro de que Sergio estaba fallecido. Me subí al avión pensando en cómo estaría”.

Con 33 años, los mismos que tenía su padre al momento de fallecer, Lola Santander tiene algunas nociones de lo sucedido. “Quizás en mi imaginación, recuerdo algunos flashes, que no sé si serán reales. Me acuerdo de haber estado en el negocio y haber visto a mi mamá que vomitaba”, afirma. Su madre, sentada al frente de ella, da crédito al relato: “Es cierto, cuando me pasan cosas nerviosas soy súper delicada del estómago”.

Los otros recuerdos, su hija los ha tenido que reconstruir a través de relatos de otras personas. “Siempre se me acercó gente para contarme que era una gran persona”, apunta.
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“Íbamos en la recta, a 200 kilómetros por hora, faltaban tres vueltas, cada uno luchando por un puesto en el podio, y nos enganchamos nomás. No tengo más explicación”, reflexiona Gonzalo Alcalde sobre esa disputa en la pista, que venía de algunos metros antes: “Éramos vehementes. Arriba del auto, uno se transforma. Uno acelera a ganar, no a dar vueltas”.

Lo que vino después fue aterrador. “El auto se me puso de costado y ahí me di cuenta de que nos íbamos a pegar fuerte, pero nunca pensé que Sergio se había muerto. Yo me afirmé bien del auto y resistí el golpe”.

En esa jornada, Berta Benavente era la persona más cercana que acompañó al piloto esa tarde. “Yo estuve con él todo el rato. Estábamos en una casa rodante, andaba con mis otros nietos y vi perfectamente el accidente. Estaba en un segundo piso y salí corriendo a verlo. Le tomé su cara, su cabeza. Porque siempre él me decía que estuviera tranquila, que nunca le iba a pasar nada. Tres minutos antes de la carrera estuvimos conversando”.

Santander quedó atrapado entre los fierros, mientras le practicaban maniobras de recuperación. Luego de 40 minutos fue rescatado y trasladado en helicóptero hasta la Clínica Las Condes. “Llegó un helicóptero y no me permitieron subir. Nunca me dijeron adonde lo llevaban. Así que dimos bote. Primero fuimos a la Posta, luego a la Clínica Alemana y después llegamos a Las Condes. Me llevaron a hablar con el director de la clínica. En ese minuto también llegó mi marido. Y el director de la clínica, que era hermano del piloto que chocó a Sergio, me dice: ‘Señora, su hijo llegó fallecido’”.

Mientras en el recinto asistencial se congregaban pilotos, familiares y amigos, su esposa viajaba a Santiago, con la esperanza de encontrarlo con vida. “Cuando aterricé en la losa, recién ahí me dijeron. Mi hermana sabía, pero no fue capaz de decirme. Ella supo todo el viaje y yo hablando puras cabezas de pescado. Mi hermana estaba callada. Y a la pobre le dijeron que tenía que decirme antes de bajar, porque nos estaban esperando. De repente, salió una sobrecargo muy amorosa y ella me dijo lo que pasó. Después el médico me explicó que esto había sido instantáneo y que me quedara tranquila”, agrega Saba, desestimando las versiones que hablan de que Santander falleció en el trayecto.

El funeral de Santander congregó a gran cantidad de gente. Foto: Archivo

El funeral de Santander congregó a gran cantidad de gente. Foto: Archivo

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Gonzalo Alcalde terminó con diversas fracturas, en el primer choque de importancia de su carrera. “Me llevaron a la clínica y a mí me durmieron. No perdí el conocimiento, pero vi que estaba medio fregado de las piernas. Desperté dos o tres días después y ahí me contaron. Casi me muero, porque yo en el fondo era soltero y Sergio era casado y tenía una niñita. ‘Qué lata que le haya tocado a él, me podría haber tocado a mí’, pensé. Éramos muy amigos todos”.

La rehabilitación fue larga, pero ya estaba acostumbrado, pues años antes el corredor había sufrido un grave accidente en moto. Además, en esa época se estaba radicando en La Serena, donde se casó. Hoy es gerente comercial de Serena Golf, un ambicioso proyecto inmobiliario.

La viuda del piloto cuenta que intentó comunicarse con Alcalde. Lo hizo a través de la familia. “La verdad es que no me pescaron ni en bajada. Pero era para que él tuviera la tranquilidad de que yo seguía queriéndolo como siempre y que lamentaba su situación”.

La distancia en años donde no existían las facilidades para comunicarse impidieron la llegada de este mensaje. De todos modos, tiempo después se reencontró con la madre de su amigo. Nunca hubo reproche alguno.

“Psicológicamente no me afectó tanto, porque chocamos los dos y no afectamos a niños ni mujeres. Ahí uno hubiera quedado con la conciencia un poco más perturbada, pero aquí éramos los dos que estábamos en la ley. Era lo que nos podía pasar”, añade. En ese sentido cree que el muro salvó vidas.

Gracias a una conversación con el actual vicepresidente de la ANFP Andrés Fazio, en ese momento en Samsung, volvió a competir en 1992. “Andrés me pregunta si volvería a correr y yo le dije que sí, pero que no tenía tiempo y que tenía que ir a conseguir auspicios. Me dijo ‘yo te auspicio’. Y volví”, rememora Alcalde. En su regreso fue vicecampeón de Chile y ganó el premio Sergio Santander, a la deportividad: “Cuando me subí de nuevo en Las Vizcachas. Al pasar delante del muro, me tiritaban las piernas”, confiesa el deportista, quien se retiraría definitivamente en 1997.

Verónica Saba, por su parte, quedó en una precaria situación. “Nunca nadie del equipo J&B se acercó a darme el pésame. Quizás pensaron que los iba a demandar. Yo sabía en lo que estaba Sergio y siempre esperé que ellos se acercaran. Eso es algo que tenía muy atravesado y no se lo había comentado a nadie. Y también quiero dejar en claro que hubo cero herencia, puras deudas. Gracias a Dios con mi trabajo en Arica logré salir de las deudas y luego me ofrecieron venir a Santiago y me vine”, cuenta la viuda, quien se volvió a casar 14 años después de la tragedia.

Las cenizas de Sergio Santander fueron depositadas frente al autódromo de Arica. “Estoy segura de que el viento se encargó de llevarlas a la pista”, cree su madre.

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